
Como dijo Philip Kotler, una marca es en esencia la promesa de una parte vendedora de proporcionar a los compradores, de forma consistente, un conjunto específico de características, beneficios y servicios. Se trata, pues, de una síntesis de la personalidad, una identificación personal e intransferible, la esencia nominal.
Nacidas en el siglo XIX sobre el sustrato del desarrollo y el crecimiento, las marcas surgieron debido a la necesidad de distinguir unos productos -y productores- de otros. Las fábricas expandían sus tentáculos industriales y multiplicaban de manera exponencial la oferta a una demanda que se sentía apabullada por unos hábitos de consumo tradicionalmente reservados a las élites pudientes. La clase media se convertía así en blanco y objetivo de las incipientes estrategias comerciales, y como una fusión nuclear imparable, se incrementaba el número de afiliados a tan extraordinario acontecimiento. Poco a poco, los artículos fueron perfilando sus estilos y los consumidores ya no compraban únicamente basándose en la utilidad de los mismos, sino en tendencias cada vez más definidas y que mediante la ley del contagio generaban –y generan- un sentimiento de pertenencia al grupo que justifica cualquier decisión de compra.
Actualmente estamos asistiendo a un proceso muy similar, salvo que en este caso no se trata de distinguir productos, sino personas. La lógica de la diferenciación dicta que todos aspiramos a destacar y distinguirnos, desembocando en un proceso de automarcación humana donde las personas se rebautizan a sí mismas como marcas o firmas. Bloggers, personal shoppers, asesores, consultores, “gurús” de la moda y la comunicación, visionarios de la arquitectura y el diseño… todos amparan sus servicios en la institucionalización de su propio nombre. Los medios para desarrollar y potenciar este branding personal son múltiples y variados, aunque inevitablemente liderados por las omnipresentes redes sociales. Definen con destreza una imagen corporativa, una filosofía empresarial, una rutina de trabajo y una metodología propia incorporada a su modus operandi. Es decir, todos los aspectos que califican a una empresa normal, salvo que, en este caso, su nombre es el único que figura en el organigrama. La crisis ha contribuido a esta emancipación al negar y arrebatar oportunidades a personas sobradamente preparadas que quieren aportar su know how a la comunidad, y que han optado por emprender su propio camino pese a las dificultades que pueda entrañar. La forja de una marca bien diseñada y planificada puede facilitar el proceso, pero nunca garantizar el éxito.
Desde Contexto queremos felicitar a todas esas personas que, pese a las adversidades actuales, son capaces de afrontar el futuro con determinación y encararlo “marcando” su nombre y exprimiendo al máximo los recursos que tienen a su alcance. Aprovechamos también para lanzar la siguiente pregunta: ¿Debemos augurar un futuro poblado por una infinidad de pequeñas marcas o, por el contrario, esperar que unas pocos gigantes se hagan con la hegemonía del mercado?

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